Ranas, sapos y bichos verdes
Cierta vez en el Externado de los ochentas, el que era señalado por ser forjador de los ideólogos de izquierda, y en el que creyeron los guerrilleros torpes iba a ser su refugio del plomo en las alborotadas manifestaciones, cierta vez en ese hermoso colegio, en sus patios, sin querer, me senté en el césped de la enorme cancha de futbol, mi mano tocó un sapo, de gran tamaño, yo pensaba que era una bolsa con mango, por lo helada que estaba, pero mi sorpresa fue que saltó, y se hinchó de furia, un feo sapo, verrugoso y lechoso, del alboroto provocado por mis sentidos, concurrieron mis compañeros, a los que el sapo sentenciaba con su lomo pringado por la leche, quien fuera más ingenuo que el valiente Marcos, el que trató de tocarlo y fue blanco de la cólera del horrible animal, que acribillo sus cachetes con el venenoso líquido, el que le dejó manchada una pequeña parte de su cachete, de por vida.
Años más tarde en los jardines pacíficos de mi casa, en medio de un rosal, estaba sigilosa y asechando a una avispa melera, una verde mantis, con sus ojos extraterrestres y su vientre enorme, lleno de crías, desplegó sus alas para mostrarme su enojo, colores enrarecidos de naturaleza viva, balanceándose con la milenaria genética del kung fu, que miedo sentí al ver ese bicho verde, solo pensar en sus filosas tenazas apretándome la nariz hicieron que agitara mi cabeza en una explosión de nervios.
Cuétano, es un enorme gusano verde, que traga enormes cantidades de hojas verdes, principalmente las que poseen exceso de clorofila como la de los mangos, un bicho que se parece inofensivo, bonachón y tonto, pero sobre sus lomos carga con despiadadas y mortíferas espinas, y una espina equivale al dolor de treinta puyones de alfileres, hace llorar a cualquier afeminado, y a los hombrecitos los hacer revolcarse en el suelo.
Eso sucedió la fresca tarde, en la que me pare como tonto a presenciar la columna de hormigas garifunas que cargaban a sus machos, para despeñarlos desde la copa, tanto robó mi atención esos actos, que no sentí cuando el letal Cuétano, cayó en mi espalda, y lo removí por toda mi espalda, incrustándome diez mil alfileres, era la terrible ponzoña la que tiñó mi dorso de rojo, la que me hizo revolcarme como hombrecito, bajo las sombras del palo de mango.
Cierta vez en el Externado de los ochentas, el que era señalado por ser forjador de los ideólogos de izquierda, y en el que creyeron los guerrilleros torpes iba a ser su refugio del plomo en las alborotadas manifestaciones, cierta vez en ese hermoso colegio, en sus patios, sin querer, me senté en el césped de la enorme cancha de futbol, mi mano tocó un sapo, de gran tamaño, yo pensaba que era una bolsa con mango, por lo helada que estaba, pero mi sorpresa fue que saltó, y se hinchó de furia, un feo sapo, verrugoso y lechoso, del alboroto provocado por mis sentidos, concurrieron mis compañeros, a los que el sapo sentenciaba con su lomo pringado por la leche, quien fuera más ingenuo que el valiente Marcos, el que trató de tocarlo y fue blanco de la cólera del horrible animal, que acribillo sus cachetes con el venenoso líquido, el que le dejó manchada una pequeña parte de su cachete, de por vida.
Años más tarde en los jardines pacíficos de mi casa, en medio de un rosal, estaba sigilosa y asechando a una avispa melera, una verde mantis, con sus ojos extraterrestres y su vientre enorme, lleno de crías, desplegó sus alas para mostrarme su enojo, colores enrarecidos de naturaleza viva, balanceándose con la milenaria genética del kung fu, que miedo sentí al ver ese bicho verde, solo pensar en sus filosas tenazas apretándome la nariz hicieron que agitara mi cabeza en una explosión de nervios.
Cuétano, es un enorme gusano verde, que traga enormes cantidades de hojas verdes, principalmente las que poseen exceso de clorofila como la de los mangos, un bicho que se parece inofensivo, bonachón y tonto, pero sobre sus lomos carga con despiadadas y mortíferas espinas, y una espina equivale al dolor de treinta puyones de alfileres, hace llorar a cualquier afeminado, y a los hombrecitos los hacer revolcarse en el suelo.
Eso sucedió la fresca tarde, en la que me pare como tonto a presenciar la columna de hormigas garifunas que cargaban a sus machos, para despeñarlos desde la copa, tanto robó mi atención esos actos, que no sentí cuando el letal Cuétano, cayó en mi espalda, y lo removí por toda mi espalda, incrustándome diez mil alfileres, era la terrible ponzoña la que tiñó mi dorso de rojo, la que me hizo revolcarme como hombrecito, bajo las sombras del palo de mango.
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