PICACHO
*Carlos Francisco Imendia
Cuando decidíamos recorrer las calles de San Salvador, lo hacíamos de muchas formas y en grandes agrupaciones, muchas veces los medios de transporte no importaban cuando estaba de por medio los sentimientos de fiesta en fin de semana.
Una vez, con tal de escapar de las aburridas calles del imperio, no tuvimos mayor opción que abordar un pick up cafetalero propiedad de nuestro querido amigo y finquero Carlos. Era un carro que trabajaba como buey en las encumbradas haciendas cafetaleras del pueblo de Berlín, sin embargo el estilo rustico del aparato, no congraciaba con las exigencias del glamour de las noches de San Salvador.
Pero en fin, todos abordamos el pick up a cual más poblano con destino a su cantón. El rumbo era desconocido, pero tenía que estar en la bitácora de eventos del fin de semana.
Los pasajeros de segunda clase íbamos sintiendo esa brisa corrida y con fuerza que generan los carros en marcha, pero se sentía fresca y con el síndrome de la libertad, una sensación en la cual un cigarro es imposible de encender.
Meneados y sacudidos los pasajeros de segunda clase por el inmisericorde conductor nos dirigimos carretera al Puerto, subiendo hacia una entrada en la cordillera del Bálsamo, la sensación era parecida como cuando arranca la montaña rusa, pero del terror.
Una oscuridad total en los parajes invisibles de las fincas de café –a los cuales el carro en el que nos movilizábamos estaba acostumbrado--, la finca de las Colinas, propiedad de la enigmática familia Guirola, en la cima del conjunto montañoso. Abajo se divisaba Santa Tecla iluminada hasta en su alma, un mirador impactante, sin embargo para los pasajeros de segunda clase no era la gran emoción divisar el mirador, peor sin presencia femenina, porque atrás el miedo se sentía más, sobre todo por las gárgolas vivientes de los Guirola, merodeándonos.
Todos nos bajamos en el mirador, y “el pichaho” (Pick Up) se ubicó en posición de salida, los temerosos pasajeros de segunda clase tomamos confianza y dejamos nuestro recuerdo de amoníaco puro en algunos arbustos de café.
De reojo vigilábamos nuestras espaldas, por si algún caporal desquiciado se nos abalanzaba con un corvo afilado defendiendo la propiedad vulnerada (que paranoia) en esa penumbra espesa nadie puede confiar.
Nadie se dio cuenta cuando el picacho en bajada arrancó, solo lo divisamos cuando iba lejos por la calle de tierra de la finca con las luces iluminando los arbustos.
Gritos y palabras soeces fueron disparadas a los que en la broma de mal gusto se retiraban.
En la infartante situación veíamos salir los espíritus raros que habitaban esas fincas de malas vibras.
Ya en la cama del picacho, se apagaron los ánimos y vino la seguridad después del susto, todos nos enfocamos en lo que era la noche, una noche para buscar vida y fiesta.
Un gran amigo, amante de las fiestas y conocedor acucioso de los eventos de fin de semana, propuso un destino en la cercana Merliot (aunque en el momento de la sugerencia olvidó el medio en que se transportaba)
Solo fue llegando al lugar, cuando realmente encontró su condición de pasajero de segunda clase, y no hay peor cosa que llegar a una fiesta de esa manera y más aún, cuando la mujer que te gusta se encuentra ahí.
De repente un grito bromista sale de la cabina del picacho y repica en los aires: ¡ Aquí está Edgardo!
Fue como un llamado a comer en un corral de patos, todos se acercaron incluyendo la bella mujer, la que se encontró con el cuerpo de Edgardo (porque su alma ya había volado de pena), pero como por arte de magia, pudo más la impresión de la cara angular de la bella mujer, el amigo volvió en sí y la situación se retomó con normalidad.
La noche no quedó en Merliot ni en su fiesta, para llegar a nuestras casas en el imperio, teníamos que pasar por el centro de vida nocturna y la capital de la socialité salvadoreña: La Zona Rosa.
Eso no lo teníamos previsto los pasajeros de segunda clase, a lo que los tripulantes de cabina solamente carcajeaban de ver las caras de pánico.
Una vez, con tal de escapar de las aburridas calles del imperio, no tuvimos mayor opción que abordar un pick up cafetalero propiedad de nuestro querido amigo y finquero Carlos. Era un carro que trabajaba como buey en las encumbradas haciendas cafetaleras del pueblo de Berlín, sin embargo el estilo rustico del aparato, no congraciaba con las exigencias del glamour de las noches de San Salvador.
Pero en fin, todos abordamos el pick up a cual más poblano con destino a su cantón. El rumbo era desconocido, pero tenía que estar en la bitácora de eventos del fin de semana.
Los pasajeros de segunda clase íbamos sintiendo esa brisa corrida y con fuerza que generan los carros en marcha, pero se sentía fresca y con el síndrome de la libertad, una sensación en la cual un cigarro es imposible de encender.
Meneados y sacudidos los pasajeros de segunda clase por el inmisericorde conductor nos dirigimos carretera al Puerto, subiendo hacia una entrada en la cordillera del Bálsamo, la sensación era parecida como cuando arranca la montaña rusa, pero del terror.
Una oscuridad total en los parajes invisibles de las fincas de café –a los cuales el carro en el que nos movilizábamos estaba acostumbrado--, la finca de las Colinas, propiedad de la enigmática familia Guirola, en la cima del conjunto montañoso. Abajo se divisaba Santa Tecla iluminada hasta en su alma, un mirador impactante, sin embargo para los pasajeros de segunda clase no era la gran emoción divisar el mirador, peor sin presencia femenina, porque atrás el miedo se sentía más, sobre todo por las gárgolas vivientes de los Guirola, merodeándonos.
Todos nos bajamos en el mirador, y “el pichaho” (Pick Up) se ubicó en posición de salida, los temerosos pasajeros de segunda clase tomamos confianza y dejamos nuestro recuerdo de amoníaco puro en algunos arbustos de café.
De reojo vigilábamos nuestras espaldas, por si algún caporal desquiciado se nos abalanzaba con un corvo afilado defendiendo la propiedad vulnerada (que paranoia) en esa penumbra espesa nadie puede confiar.
Nadie se dio cuenta cuando el picacho en bajada arrancó, solo lo divisamos cuando iba lejos por la calle de tierra de la finca con las luces iluminando los arbustos.
Gritos y palabras soeces fueron disparadas a los que en la broma de mal gusto se retiraban.
En la infartante situación veíamos salir los espíritus raros que habitaban esas fincas de malas vibras.
Ya en la cama del picacho, se apagaron los ánimos y vino la seguridad después del susto, todos nos enfocamos en lo que era la noche, una noche para buscar vida y fiesta.
Un gran amigo, amante de las fiestas y conocedor acucioso de los eventos de fin de semana, propuso un destino en la cercana Merliot (aunque en el momento de la sugerencia olvidó el medio en que se transportaba)
Solo fue llegando al lugar, cuando realmente encontró su condición de pasajero de segunda clase, y no hay peor cosa que llegar a una fiesta de esa manera y más aún, cuando la mujer que te gusta se encuentra ahí.
De repente un grito bromista sale de la cabina del picacho y repica en los aires: ¡ Aquí está Edgardo!
Fue como un llamado a comer en un corral de patos, todos se acercaron incluyendo la bella mujer, la que se encontró con el cuerpo de Edgardo (porque su alma ya había volado de pena), pero como por arte de magia, pudo más la impresión de la cara angular de la bella mujer, el amigo volvió en sí y la situación se retomó con normalidad.
La noche no quedó en Merliot ni en su fiesta, para llegar a nuestras casas en el imperio, teníamos que pasar por el centro de vida nocturna y la capital de la socialité salvadoreña: La Zona Rosa.
Eso no lo teníamos previsto los pasajeros de segunda clase, a lo que los tripulantes de cabina solamente carcajeaban de ver las caras de pánico.
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