La estatua de lava
El Génesis nos cita un pasaje, en el cual la esposa de Lot fue convertida en estatua de sal, por haber visto con curiosidad la destrucción de Sodoma y Gomorra además de haber desobedecido los mandatos de Dios.
Similar sucedió, con la estatua de lava en el volcán el Jabalí, donde la erupción petrificó a un hombre por completo.
Baltazar Menendez era un jornalero mal encarado, que vivía inconforme con la vida, su agrio espíritu lo apartó de mucha gente, hasta tal punto, de que vivía solo, en una Choza en los caminos empedrados de Nejapa.
Solamente tenía como bienes un catre, un cántaro de arcilla y sus afiladas herramientas de los quehaceres del campo, únicamente había hecho amistad con un pollo que lo acompañaba por todas partes, Baltazar se sentía acompañado por el animal, a tal grado de perdonarle la vida cuando le sonaban las tripas.
Baltazar era de aquellos que no decían donde iba, solamente salía a la intemperie y a la suerte del destino. Aníbal era un muchacho que vivía cerca del rancho de Baltazar, era con el segundo ser—luego del pollo—con el que tenía cierta afinidad e intercambia unas pocas palabras, como por ejemplo, para agradecer unas cuantas tortillas calientes.
Una tarde decidió explorar las faldas del temible cerro Jabalí, con la intención de recolectar algunas frutas y cortar leña inflamable que se consigue haciendo pedazos el ocote, pero madera que se da en las frescas faldas del Jabalí, la intención del hombre era subir esa tarde, acampar en la cima, pasar la noche ahí y trabajar en la mañanita rajando leña.
Las casualidades de la vida indican que Aníbal subía esa misma tarde a una comarca llamada Las Brumas a recoger unos sacos de frijol negro, a los pies del cerro, pero sobre el camino que debía recorrer Baltazar.
Anibal se adelantó y llegó primero a Las Brumas (sin saber), visitó la antigua casa de su tío Matuza, este le entregó los sacos de frijol negro y antes de despedirse Matuza comentó a Anibal que desde hace días bajaba de la cumbre del Jabalí un tremendo olor a huevo duro, algo parecido a un ventoso humano, además la tierra estaba vibrando, por las noches los comáles arrinconados a la pared no dejaban de rechinar.
Anibal, ni Matuza eran geólogos en los años de 1917, y en las fértiles campiñas salvadoreñas, la educación rustica predominaba. Únicamente el instinto y la sabiduría popular podrían salvar vidas.
De pronto en esas pláticas, pasó Baltazar, el mal encarado saludó entre dientes a los dos hombres, sin embargo por cortesía Aníbal previno de los acontecimientos suscitados en el cerro a Baltazar, además Matuza recalcó que a cierta altura el olor había matado a unas cabras.
Pero los planes de Baltazar estaban trazados, no iba a hacer caso a un par de supersticiosos. Con su mano hizo una seña de incredulidad, siguió su camino, diez metros había caminado cuando se regresó al lugar donde se había encontrado a Aníbal y Matuza.
--Voy al prado de ocotes muchacho, ¿no se te ofrece nada?, a pues ahí voy estar, te encargo a mi pollo, cuando pases por el rancho échale maicillo. Le dijo Baltazar.
--El prado toca la cumbre, ahí esta el mal olor. Le dijo Matuza a Baltazar.
--Seguramente un animal grande se murió por eso es el hedor, pero nada pasa, tranquilos, ¡salú!
Anibal ni Matuza podían domar el carácter torcido de Baltazar, lo único que podían desearle era suerte, mucha suerte.
Ese fue el fin de la tarde.
Ya en la noche reinaba en la cumbre Baltazar, acompañado de un candil de cañero, gracias a los vientos del norte, no podía percibir el tufo a huevo duro, pero si sentía un inmenso calor, que llegaba en oleadas invisibles, no habían insectos, ni búhos, ni murciélagos, ni las molestas polillas del ocote. Dispuso solitario a erigir una fogata y a calentar un café preparado, pero de repente, un estruendo que derribó todos los ocotes, luego piedras encendidas volaban por los cielos, Baltazar tomó un candil y corrió, no tuvo tiempo para pensar que pasaba, tan rápido bajo las faldas que más parecía una caída libre, pero una nube caliente bajaba rápidamente desintegrando la maleza, el pobre Baltazar no podía más, se aferro a una piedra, se acurruco y la correntada incandescente los devoró.
Desde Nejapa, el espectáculo era increíble, unos huían para otros pueblos, pero otros disfrutaban del espectáculo natural, Aníbal se resignaba a pensar que el viejo gruñón sobreviviera, más bien, se entristeció por el pobre hombre testarudo.
--Nada se puede hacer con la testarudez de la gente.
Tres meses pasaron, luego del desastre natural del cerro el Jabalí, aún había lava viva en algunas zonas, Aníbal pudo subir a Las Brumas, que gracias a Dios no fue lastimada, abrazó a su familia, a Matuza de verlo vivo y sano, ya en ese entonces el volcán había apagado su furia.
--Te animas a explorar la zona donde estuvo Baltazar. Dijo Aníbal
--Todavía esta caliente la tierra, pero vamos, ya no hay peligro. Dijo Matuza.
Subieron, lo que apreciaron era una mancha negra, tufosa que cubría todo los terrenos y quebradas, parecía un planeta negro, sin embargo de repente, llegaron donde estaba una piedra prominente que resaltaba en el camino, minuciosamente tallado se podía apreciar el cuerpo de Baltazar petrificado, los dos hombre se sorprendieron, ya el cuerpo formaba parte de la naturaleza.
--Mira aquí quedó el pobrecito, seguramente sufrió mucho en el infierno que lo envolvió y lo hizo piedra. Dijo Aníbal, quien busco una flor en ese momento, para homenajear al testarudo, pero en vano fue su búsqueda porque el lugar era un paisaje extraterrestre.
-- Vámonos hijo que el olor nos va hacer daño. Dijo Matuza.
Los dos dejaron el lugar de la catástrofe muy tristes, ahí quedó el viejo petrificado, como monumento a la testarudez, de hecho el lugar fue apodado, “El Rincón del testarudo” años más tarde.
Baltazar fue victima según los geólogos modernos, por la corriente piroclástica, es una nube ardiente que produce la lava con alto contenido de gases y baja frecuentemente por los ríos y barrancos de los volcanes con mayor rapidez.
Baltazar fue la única victima contable de esa zona, que pudo haberse salvado por las advertencias de Aníbal Merino.
90 años después la naturaleza reclamó su territorio y seguramente los sedimentos cubrieron la estatua de lava, también dejaron de existir Aníbal y Matuza, los únicos conocedores del sitio exacto de la estatua. Sus descendientes se dispersaron por El Salvador, difícilmente recordaría o reconocerían el lugar hoy fertilizado y cubierto de exuberante maleza.
El Génesis nos cita un pasaje, en el cual la esposa de Lot fue convertida en estatua de sal, por haber visto con curiosidad la destrucción de Sodoma y Gomorra además de haber desobedecido los mandatos de Dios.
Similar sucedió, con la estatua de lava en el volcán el Jabalí, donde la erupción petrificó a un hombre por completo.
Baltazar Menendez era un jornalero mal encarado, que vivía inconforme con la vida, su agrio espíritu lo apartó de mucha gente, hasta tal punto, de que vivía solo, en una Choza en los caminos empedrados de Nejapa.
Solamente tenía como bienes un catre, un cántaro de arcilla y sus afiladas herramientas de los quehaceres del campo, únicamente había hecho amistad con un pollo que lo acompañaba por todas partes, Baltazar se sentía acompañado por el animal, a tal grado de perdonarle la vida cuando le sonaban las tripas.
Baltazar era de aquellos que no decían donde iba, solamente salía a la intemperie y a la suerte del destino. Aníbal era un muchacho que vivía cerca del rancho de Baltazar, era con el segundo ser—luego del pollo—con el que tenía cierta afinidad e intercambia unas pocas palabras, como por ejemplo, para agradecer unas cuantas tortillas calientes.
Una tarde decidió explorar las faldas del temible cerro Jabalí, con la intención de recolectar algunas frutas y cortar leña inflamable que se consigue haciendo pedazos el ocote, pero madera que se da en las frescas faldas del Jabalí, la intención del hombre era subir esa tarde, acampar en la cima, pasar la noche ahí y trabajar en la mañanita rajando leña.
Las casualidades de la vida indican que Aníbal subía esa misma tarde a una comarca llamada Las Brumas a recoger unos sacos de frijol negro, a los pies del cerro, pero sobre el camino que debía recorrer Baltazar.
Anibal se adelantó y llegó primero a Las Brumas (sin saber), visitó la antigua casa de su tío Matuza, este le entregó los sacos de frijol negro y antes de despedirse Matuza comentó a Anibal que desde hace días bajaba de la cumbre del Jabalí un tremendo olor a huevo duro, algo parecido a un ventoso humano, además la tierra estaba vibrando, por las noches los comáles arrinconados a la pared no dejaban de rechinar.
Anibal, ni Matuza eran geólogos en los años de 1917, y en las fértiles campiñas salvadoreñas, la educación rustica predominaba. Únicamente el instinto y la sabiduría popular podrían salvar vidas.
De pronto en esas pláticas, pasó Baltazar, el mal encarado saludó entre dientes a los dos hombres, sin embargo por cortesía Aníbal previno de los acontecimientos suscitados en el cerro a Baltazar, además Matuza recalcó que a cierta altura el olor había matado a unas cabras.
Pero los planes de Baltazar estaban trazados, no iba a hacer caso a un par de supersticiosos. Con su mano hizo una seña de incredulidad, siguió su camino, diez metros había caminado cuando se regresó al lugar donde se había encontrado a Aníbal y Matuza.
--Voy al prado de ocotes muchacho, ¿no se te ofrece nada?, a pues ahí voy estar, te encargo a mi pollo, cuando pases por el rancho échale maicillo. Le dijo Baltazar.
--El prado toca la cumbre, ahí esta el mal olor. Le dijo Matuza a Baltazar.
--Seguramente un animal grande se murió por eso es el hedor, pero nada pasa, tranquilos, ¡salú!
Anibal ni Matuza podían domar el carácter torcido de Baltazar, lo único que podían desearle era suerte, mucha suerte.
Ese fue el fin de la tarde.
Ya en la noche reinaba en la cumbre Baltazar, acompañado de un candil de cañero, gracias a los vientos del norte, no podía percibir el tufo a huevo duro, pero si sentía un inmenso calor, que llegaba en oleadas invisibles, no habían insectos, ni búhos, ni murciélagos, ni las molestas polillas del ocote. Dispuso solitario a erigir una fogata y a calentar un café preparado, pero de repente, un estruendo que derribó todos los ocotes, luego piedras encendidas volaban por los cielos, Baltazar tomó un candil y corrió, no tuvo tiempo para pensar que pasaba, tan rápido bajo las faldas que más parecía una caída libre, pero una nube caliente bajaba rápidamente desintegrando la maleza, el pobre Baltazar no podía más, se aferro a una piedra, se acurruco y la correntada incandescente los devoró.
Desde Nejapa, el espectáculo era increíble, unos huían para otros pueblos, pero otros disfrutaban del espectáculo natural, Aníbal se resignaba a pensar que el viejo gruñón sobreviviera, más bien, se entristeció por el pobre hombre testarudo.
--Nada se puede hacer con la testarudez de la gente.
Tres meses pasaron, luego del desastre natural del cerro el Jabalí, aún había lava viva en algunas zonas, Aníbal pudo subir a Las Brumas, que gracias a Dios no fue lastimada, abrazó a su familia, a Matuza de verlo vivo y sano, ya en ese entonces el volcán había apagado su furia.
--Te animas a explorar la zona donde estuvo Baltazar. Dijo Aníbal
--Todavía esta caliente la tierra, pero vamos, ya no hay peligro. Dijo Matuza.
Subieron, lo que apreciaron era una mancha negra, tufosa que cubría todo los terrenos y quebradas, parecía un planeta negro, sin embargo de repente, llegaron donde estaba una piedra prominente que resaltaba en el camino, minuciosamente tallado se podía apreciar el cuerpo de Baltazar petrificado, los dos hombre se sorprendieron, ya el cuerpo formaba parte de la naturaleza.
--Mira aquí quedó el pobrecito, seguramente sufrió mucho en el infierno que lo envolvió y lo hizo piedra. Dijo Aníbal, quien busco una flor en ese momento, para homenajear al testarudo, pero en vano fue su búsqueda porque el lugar era un paisaje extraterrestre.
-- Vámonos hijo que el olor nos va hacer daño. Dijo Matuza.
Los dos dejaron el lugar de la catástrofe muy tristes, ahí quedó el viejo petrificado, como monumento a la testarudez, de hecho el lugar fue apodado, “El Rincón del testarudo” años más tarde.
Baltazar fue victima según los geólogos modernos, por la corriente piroclástica, es una nube ardiente que produce la lava con alto contenido de gases y baja frecuentemente por los ríos y barrancos de los volcanes con mayor rapidez.
Baltazar fue la única victima contable de esa zona, que pudo haberse salvado por las advertencias de Aníbal Merino.
90 años después la naturaleza reclamó su territorio y seguramente los sedimentos cubrieron la estatua de lava, también dejaron de existir Aníbal y Matuza, los únicos conocedores del sitio exacto de la estatua. Sus descendientes se dispersaron por El Salvador, difícilmente recordaría o reconocerían el lugar hoy fertilizado y cubierto de exuberante maleza.
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