Restaurantes en El Salvador: comer es la alegría de los guanacos
Iba entrando a un restaurante de comida rápida, cuando de repente me encuentro una enorme fila de personas, esperando su turno y otras pagando en caja, aquella situación no hacía sentir el aire acondicionado que comúnmente tienen esos establecimientos.
En la fija ante las miradas de la desesperación por la hambruna, muchas tripas sonando a la misma vez, incluyendo las mías, ¡pero que cólera!, se supone que este es un restaurante que no se llena, además es poco atractivo, está ubicado en un extraño y feo centro comercial de la zona y no hay juegos para niños.
Sin embargo ese día rebosaba de gente, precisamente cuando uno quiere relajar la vista en un lugar despejado del tumulto.
Pero en ese momento, en la impaciencia de la fila, comprendí que al guanaco eso lo hace feliz. Comer, sobre todo en día de pago.
El hecho de salir a un restaurante de comida rápida, comprar un combo de lo que sea –aunque sea el mas barato—es gratificante para el espíritu del salvadoreño, que muchas veces anda cabizbajo por los enormes pesos que coloca la problemática nacional como: falta de oportunidades, delincuencia incontenible y el alto costo de la vida.
Que placentero es saborear un antojo en épocas de calamidad, por eso comprendo esa medida de escape de mis compatriotas, el alimento. Porque “barriga llena corazón contento” predica el sabio proverbio medieval.
Entonces, desde ahora en adelante, decidí no enojarme cuando encuentre lleno y con enormes filas un restaurante, se que todos estamos esperando ser felices, todos estamos invitados a esperar nuestra medida de escape.
Iba entrando a un restaurante de comida rápida, cuando de repente me encuentro una enorme fila de personas, esperando su turno y otras pagando en caja, aquella situación no hacía sentir el aire acondicionado que comúnmente tienen esos establecimientos.
En la fija ante las miradas de la desesperación por la hambruna, muchas tripas sonando a la misma vez, incluyendo las mías, ¡pero que cólera!, se supone que este es un restaurante que no se llena, además es poco atractivo, está ubicado en un extraño y feo centro comercial de la zona y no hay juegos para niños.
Sin embargo ese día rebosaba de gente, precisamente cuando uno quiere relajar la vista en un lugar despejado del tumulto.
Pero en ese momento, en la impaciencia de la fila, comprendí que al guanaco eso lo hace feliz. Comer, sobre todo en día de pago.
El hecho de salir a un restaurante de comida rápida, comprar un combo de lo que sea –aunque sea el mas barato—es gratificante para el espíritu del salvadoreño, que muchas veces anda cabizbajo por los enormes pesos que coloca la problemática nacional como: falta de oportunidades, delincuencia incontenible y el alto costo de la vida.
Que placentero es saborear un antojo en épocas de calamidad, por eso comprendo esa medida de escape de mis compatriotas, el alimento. Porque “barriga llena corazón contento” predica el sabio proverbio medieval.
Entonces, desde ahora en adelante, decidí no enojarme cuando encuentre lleno y con enormes filas un restaurante, se que todos estamos esperando ser felices, todos estamos invitados a esperar nuestra medida de escape.
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