sábado, 19 de julio de 2008

Metro el trastornado

Metro el trastornado

Nadie podría imaginar una habitación convertida en un enorme nido, eso realmente pasaba con la alcoba de Metro, un personaje que creía ser la reencarnación de un chonte herido. Desde muy pequeño recogía ramillas secas y las llevaba a su habitación para construir un sólido nido, por la noches era un lugar tibio y confortable y por las mañanas de verano, un sitio insoportable.

Metro, era el apodo de Juan Carlos Solano, un enigmático ciudadano, quien creía ser por error un ser humano, creía fielmente que su vida tenía que ser regida por los cánones ornitológicos, por eso se graduó exitosamente de biólogo, a parte de leer muchos libros relacionados con las aves. Metro era el apodo de sus amigos de infancia por la razón de que media exactamente 100 centímetros.

Sus seres queridos, le apreciaban mucho, aunque les abatía el desequilibrio mental de Metro, muchos de sus familiares pensaban que su situación sería peor al entrar en años, por lo cual debían tomar las precauciones pertinentes.

Sin embargo Metro en la calle era lo más normal del mundo, amistoso e inteligente, nadie creería que sus raras aficiones los llevarían a construir un nido en su cuarto.

Pero un chaval, de esos entrometidos, sabía la debilidad de Metro, sabia lo del nido y sabia que Metro se autodenominaba Hombre Pájaro. Cierto día lo abordó en la calle y le dijo:

--Se lo del nido, y verdaderamente creo que eres la reencarnación de un Chonte, pero, un hombre pájaro tiene que ser completo, yo he visto que todos los pájaros se posan en los cables de electricidad y no les pasa nada. ¿No crees que para ser un pájaro de verdad tienes que retar ciertas leyes físicas?

Metro, solamente entre sonrió, frotó los cabellos del chaval, y le respondió: “¡pavadas mocoso!”.

Pero en el trayecto iba meditando fuertemente, sobre esa realidad, nunca había retado a la física, tal y como lo hacen las aves. Se repitió interiormente: “Para ser un hombre pájaro no debo temerle a la electricidad”.

La noche estaba clara, las nubes cubrían el valle y las luces de la ciudad se reflejaban en ellas, el aire corría, Metro salió a la terraza y se encontró con el cable de alta tensión, miró a su alrededor, tragó fuerte, respiró profundamente, primero agarró el cable con su mano derecha, y luego con su mano izquierda, y luego la explosión. Una luz segadora iluminó todo el lugar.

No había mal olor, ni cadáver calcinado, solamente un Chonte cantando en el cable, luego revoloteó por el jardín y cantó más fuerte. Metro se había transformado, el inocente chaval, sin querer, había propiciado la liberación interna de Metro, el pájaro encarcelado en el cuerpo de un hombre.

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Carlos Francisco Imendia Guzmán

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Carlos F. Imendia, poeta.

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