sábado, 22 de noviembre de 2008

La Leyenda de los Guerreros Búhos

La Leyenda de los Guerreros Búhos


Temibles y Sanguinarios, así atemorizaban a los caminantes y tlamemes del cazigasgo, Vivian en los árboles, los más altos, los conacastes deformados (de las rutas). Entre cinco y veinte sujetos yaquis asechaban a cualquier signo de vida que osara moverse.

Todos los caminos antiguos de la imponente Cihuatán eran territorios dominados por los Guerreros Buhos, quienes pintaban sus cabellos de azul (manteca y Jiquilite) y tenían su piel con grasa disuelta en carbón, el “tile”, así eran prácticamente invisibles.

Todos tenían que ser delgados, la agilidad era muy importante, no había espacio para los obesos y los impedidos, el jefe del clan alimentaba a los guerreros con barras de maíz, tortillas y chilate salado, los que contenían las proteínas y vitaminas necesarias para no hacerles crecer la barriga, por eso prácticamente eran unos vegetarianos enloquecidos.

El sistema de comunicación era el “chiflido” que era una serie de contracción de los labios y la lengua que dejaba pasar una pequeña pero potente ráfaga de aire de los pulmones y era capaz de oírse a 3 kilómetros a la redonda y resonaba con potencia en las quebradas de los parajes cuscatlecos.

Su reino o aldea había sido eregido en las cordilleras del norte donde era imposible alcanzarlos, su pueblo estaba hecho con lujo y poder aunque con una infraestructura arborícola, y era el resultado de los saqueos, robos, violaciones y asesinatos que cometían por donde pasaban. Eran temibles sanguinarios, su grito era pavoroso y despertaba temor de los seres vivientes que estuvieran en la antigua franja del norte. Cuando se acercaban gritaban más fuerte que cualquier coyote o mono aullador y la fuerza con que lanzaban esas ondas sonoras desde la caja toraxica era una mezcla de furia y embravecido sentimiento.

En un camino torcido que erigieron por las fértiles vegas del Lempa Norte, estaba adornado por calaveras, que alguna vez habían sido arrancadas en combate, en el Cazigasgo mayor, victima común de continuos ataques por el jade embellecido que poseían.

Las mujeres del templo de Cihuatán, Vivian el calvario más horroroso de sus vidas, 14 bellas doncellas, en el último saqueo al templo, habían sido violadas y engendradas, en sus vientres llevaban los embriones fecundados por los temibles guerreros, hijos que perpetuarían la guerra en su sangre y que seguramente serían los verdugos de ese pueblo ya casi extinto.

En la montaña, celebrando la caída del gran templo, estaba el sacerdote primado, cubierto de plumas de Tecolote Rey y envuelto por cuero de Puma, quien gritaba de alegría y los ojos perdidos al ver los nuevos y espelusnantes trofeos, lenguas rojas frescas, arrancadas a los caídos.

Un circulo conformaba la tertulia de los Guerreros Búhos que veían al dios del viento flotando frente a ellos, estando en un trance del alucinógeno “matoya” sacado de los hongos que crecen el la cúspide del ocote el cual es fertilizado por el estiércol del águila arpia. Sin duda un rito muy exclusivo.

Los aceites de la Rosa Pandora que se la impregnaban en las axilas y con el calor de la fogata hacía generar un olor grotesco pero agradable. No comían, el alucinógeno hacia decaer el hambre y la sed.

Una especie de Bárbaros en El Salvador, ya que por donde pasaban dejaban estragos. En los linderos del actual Mariona, crecían unos lirios celestes, muy frágiles (que comúnmente adornaban las cabelleras de las indias), todo el año floreaban. Pero cuentan las tradiciones orales de los colonos, que cuando se aproximaban los temibles guerreros Búhos, con sus gritos y el olor a muerte y destrucción, aquellas sacudidas en el monte, estas flores empezaban a marchitarse y a despegarse de la planta, entonces los reducidos grupos de clanes pipiles podían emprender la huída al presenciar ese impresionante acontecimiento.

Los guerreros al caer la tarde ingerían el “Licor del alivio” que los preparaba con alucinaciones terroríficas y encendía su espíritu, ese efecto podía durar en ellos hasta las seis de la mañana del día siguiente. Dormían en las ramas desplegados, a cualquier inocente animal o transeúnte que pasara bajo el árbol mientras estos dormían, era atravesado por una filosa lanza, la cual estaba sujeta por una cuerda, estas inmediatamente sustraía al cuerpo hasta las alturas donde lo devoraban.

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Carlos Francisco Imendia Guzmán

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Carlos F. Imendia, poeta.

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