LAS ULTIMAS HORAS DEL ANTIGUO EXTERNADO DE SAN JOSE HACE 22 AÑOS
Nueve años, segundo grado en el colegio Externado de San José. Era 1986 y El Salvador estaba bajo el fuego de la guerra civil. Era Octubre, ya los cielos eran claros y ventarrosos, no se perpetuaba tanto el invierno como hoy.
Era una mañana típica del verano salvadoreño, y muy especial para mi persona.
Dado que mi cumpleaños se da en el onceavo mes del año y para esas alturas es difícil congregar a los camaradas del colegio, mi madre dispuso celebrar mis primaveras adelantadas, específicamente el 10 de octubre de 1986, con el fin de compartirlo con mis compañeros.
Una mañana bonita y de ansiedad por que llegara la hora de la celebración en el EXEX, donde esperaban mis queridos padres con piñatas, juguetes, música y un hermoso, pero enorme pastel de chocolate (mi favorito).
En ese entonces, una monja cascarrabias, Sor Lucy, no quería que el grupo saliera a la celebración por el hecho de que íbamos atrasados en la guía de Formación Cristiana. Pero esa presión extraña fuera de este mundo, hizo que cambiara de opinión, y bajo la tutela y el encanto de Ana Luz, en fila india, nos dirigimos a la celebración.
Era la última vez que vería ese majestuoso colegio de cuatro niveles con un enorme patio y en el centro una enorme cruz de ladrillo de galleta, de pie. Lugar en el cual fue educado mi padre, mis tíos y muchos profesionales de El Salvador, ahí en esos pilares redondos de los pasillos abiertos, de olor a libros y buen café, emblemático inmueble de testimonio educacional en El Salvador, un colegio de poderío , era la última vez que lo apreciaríamos vivo.
Llegamos al EXEX, una casita de esparcimiento para los exalumnos y profesores del Externado de San José, adentro habían mesas de villar (un deporte muy apreciado por mi personas), pero la celebración se iba a celebrar en un enorme pasillo. Ahí habían sillas, piñatas, horchata, suspiros, música, juegos preparados y el sabroso pastel. Esa vez disfrute junto a mis padres, la alegría de celebrar mi cumpleaños, una mañana donde parecía todo estar bien y feliz, y donde no tenía que ser posible una situación espantosa y de trauma significativo.
Fue un día donde la familia estaba unida y mi tía andaba con mi madre, ambas estaban embarazadas, mi madre de Mariela, mi hermana menor y mi tía de mis primas gemelas.
Andaba la empleada de la casa ayudando a servir, ¡hasta ella estaba ahí!. Mi padre que había pedido permiso en su trabajo y mi hermana Adriana, quien tenia tres años para ese entonces juguteaba por la fiesta.
La fiesta terminó y aún eufóricos con dulces, con pastel en los labios y bolsas con regalos, entramos a las 11:00 A.M. al Externado, nos dirigíamos al segundo grado “B” a nuestra última hora de clases con Ana Luz Pacheco.
En las enormes y frescas aulas (no comparadas a las aulas del actual colegio) la euforia hacía vibrar con estruendosos sonido de infantes las ventanas cincuentonas. No me acordaba que días atras, la profesora, me había castigado a mi y a Julio Ayala y había pedido que nos quedaramos sentados frente a frente (pupitres), en medio de un famoso circulo que tenían las aulas de primaria del Externado. La razón del castigo era porque ambos no podíamos domar la lengua en el aula, así que la profesora eligió ese escarmiento para que nos diera vergüenza y recatáramos nuestra torcida habla.
Pero en ese momento a nadie le importo Julio y “el chino” (mi apodo en el colegio) y a Julio y el chino no les importó todos los demás, la algarabía estaba instaurada por el frenesí de los pitos (que eran recuerdo de mi fiesta) y las enormes pelotas plásticas (recuerdos de mi fiesta también), el relajo era enorme y Ana Luz, se veía por primera vez impotente en dominar esa sana histeria colectiva.
Y de repente lo peor, el más violento y terrible movimiento jamás sentido en mi vida, era terrible ver como todos los infantes eran lanzados por las fuerzas de la naturaleza por doquier, pupitres , armarios niños éramos sacudidos como frijoles en una batea , polvo caía de los plafones, pedazos de ladrillos, las candelas flourecentes del aula caían y se reventaban en las cabezas de todos, los gritos, el llanto y la desesperación desencadenó una huída natural propia de nuestra especie. César Meléndez compañero de clases fue golpeado fuertemente por un mueble estilo gabinete para guardar útiles, el golpe fue exactamente en la oreja, lo que le produjo una fuerte hemorragia. Acto que impactó a toda la clase y que exacerbó más a todos los niños, incluyéndome a mi, quien saco abrazado a Meléndez para ponerlo en resguardo.
Fila de nuevo y orden, Ana Luz reafirmó su liderazgo y sus nervios de hierro, nunca fue una mujer cobarde, tomó el rol heroico del verdadero educador. Sacó sanos y salvos a sus polluelos, del segundo nivel del colegio, descendiendo las gradas casi tumbadas para dirigirnos a zonas seguras. Hasta el momento no caía en la cuenta que eso había sido un terremoto, de aquellos legendarios movimientos telúricos que no permitieron grabar la historia del San Salvador de ayer, como alguna vez contó el científico estadounidense Efraim Squaier.
Colegio herido, moribundo y agonizante, su pecado: estar cimentado bajo una terrible falla geológica conocida como la Tutunichapa. Las paredes reventadas como en “X”, defensas en el suelo, y la estatua de San Ignacio de Loyola, tumbada. San Pedro , el hermano jesuita portero del colegio –muy querido y recordado por mi persona y la comunidad estudiantil del Externado-- yacía herido tras proteger a un pequeño ante el desplome de unos ladrillos de la portería –donde colgaba el cuadro del amor de sus amores, el Atletic de Bilbao--, ese acto heroico llevó a que la comunidad amara y apreciara más a ese hermano jesuita, y que cuando estaba en sí no permitió ser trasladado vía aérea a ser tratada al hospital militar, todo por tenerle miedo a las alturas.
Salí llorando desgajado, aún con el pito de mi cumpleaños, en ese momento desconcertado por el vuelco rotundo del día, que para mi era feliz. Buscaba a mis padres a quienes hacía muertos o perdidos, un pánico se apoderaba de mi, y muchos mayores me consolaban y pedían que me calmara, no sabia de mi familia, más y más me desesperaba y más y más gritaba. Hasta que derepente como regalo del Señor, el Dios que se apiada de los desesperados, vi subir esa cuesta, el Golf café de mi padre, ví a mi madre y me sentí aliviado, les abrace fuerte y lloré de alegría de verlos sanos y salvos. Unidos nos fuimos a la cancha donde todos estábamos convocados por la situación, en ese momentos habían profesores, alumnos sin padres, padres de familia buscando a sus hijos, padres e hijos unidos (como fue mi caso), un caos total, porque cada diez minutos habían réplicas, y lo peor de todo una enorme grieta se iba formando en la enorme cancha de futbol.
Mi padre al ver la magnitud del desastre y la desesperación de la juventud, pidió al padre Manuel de Santiago S.J. –quien se encontraba viendo los daños causados en la piscina semi olímpica-- convocar a la calma y le pidió orar. A lo que Santiago respondió: “No se porque a la gente le gusta rezar en estos momentos, cuando se tiene que rezar siempre para prevenir”. Al fin de tantas el Padre lanzó una oración, para suplicarle a nuestro Dios cesara la furia telúrica.
Ese día no terminó ahí, mucha historia hay por delante, este es un pequeño relato de la última generación de estudiantes del Colegio Externado de San José, la del antiguo edificio, destruido por las inclemencias del valle de las hamacas en 1986.
Era una mañana típica del verano salvadoreño, y muy especial para mi persona.
Dado que mi cumpleaños se da en el onceavo mes del año y para esas alturas es difícil congregar a los camaradas del colegio, mi madre dispuso celebrar mis primaveras adelantadas, específicamente el 10 de octubre de 1986, con el fin de compartirlo con mis compañeros.
Una mañana bonita y de ansiedad por que llegara la hora de la celebración en el EXEX, donde esperaban mis queridos padres con piñatas, juguetes, música y un hermoso, pero enorme pastel de chocolate (mi favorito).
En ese entonces, una monja cascarrabias, Sor Lucy, no quería que el grupo saliera a la celebración por el hecho de que íbamos atrasados en la guía de Formación Cristiana. Pero esa presión extraña fuera de este mundo, hizo que cambiara de opinión, y bajo la tutela y el encanto de Ana Luz, en fila india, nos dirigimos a la celebración.
Era la última vez que vería ese majestuoso colegio de cuatro niveles con un enorme patio y en el centro una enorme cruz de ladrillo de galleta, de pie. Lugar en el cual fue educado mi padre, mis tíos y muchos profesionales de El Salvador, ahí en esos pilares redondos de los pasillos abiertos, de olor a libros y buen café, emblemático inmueble de testimonio educacional en El Salvador, un colegio de poderío , era la última vez que lo apreciaríamos vivo.
Llegamos al EXEX, una casita de esparcimiento para los exalumnos y profesores del Externado de San José, adentro habían mesas de villar (un deporte muy apreciado por mi personas), pero la celebración se iba a celebrar en un enorme pasillo. Ahí habían sillas, piñatas, horchata, suspiros, música, juegos preparados y el sabroso pastel. Esa vez disfrute junto a mis padres, la alegría de celebrar mi cumpleaños, una mañana donde parecía todo estar bien y feliz, y donde no tenía que ser posible una situación espantosa y de trauma significativo.
Fue un día donde la familia estaba unida y mi tía andaba con mi madre, ambas estaban embarazadas, mi madre de Mariela, mi hermana menor y mi tía de mis primas gemelas.
Andaba la empleada de la casa ayudando a servir, ¡hasta ella estaba ahí!. Mi padre que había pedido permiso en su trabajo y mi hermana Adriana, quien tenia tres años para ese entonces juguteaba por la fiesta.
La fiesta terminó y aún eufóricos con dulces, con pastel en los labios y bolsas con regalos, entramos a las 11:00 A.M. al Externado, nos dirigíamos al segundo grado “B” a nuestra última hora de clases con Ana Luz Pacheco.
En las enormes y frescas aulas (no comparadas a las aulas del actual colegio) la euforia hacía vibrar con estruendosos sonido de infantes las ventanas cincuentonas. No me acordaba que días atras, la profesora, me había castigado a mi y a Julio Ayala y había pedido que nos quedaramos sentados frente a frente (pupitres), en medio de un famoso circulo que tenían las aulas de primaria del Externado. La razón del castigo era porque ambos no podíamos domar la lengua en el aula, así que la profesora eligió ese escarmiento para que nos diera vergüenza y recatáramos nuestra torcida habla.
Pero en ese momento a nadie le importo Julio y “el chino” (mi apodo en el colegio) y a Julio y el chino no les importó todos los demás, la algarabía estaba instaurada por el frenesí de los pitos (que eran recuerdo de mi fiesta) y las enormes pelotas plásticas (recuerdos de mi fiesta también), el relajo era enorme y Ana Luz, se veía por primera vez impotente en dominar esa sana histeria colectiva.
Y de repente lo peor, el más violento y terrible movimiento jamás sentido en mi vida, era terrible ver como todos los infantes eran lanzados por las fuerzas de la naturaleza por doquier, pupitres , armarios niños éramos sacudidos como frijoles en una batea , polvo caía de los plafones, pedazos de ladrillos, las candelas flourecentes del aula caían y se reventaban en las cabezas de todos, los gritos, el llanto y la desesperación desencadenó una huída natural propia de nuestra especie. César Meléndez compañero de clases fue golpeado fuertemente por un mueble estilo gabinete para guardar útiles, el golpe fue exactamente en la oreja, lo que le produjo una fuerte hemorragia. Acto que impactó a toda la clase y que exacerbó más a todos los niños, incluyéndome a mi, quien saco abrazado a Meléndez para ponerlo en resguardo.
Fila de nuevo y orden, Ana Luz reafirmó su liderazgo y sus nervios de hierro, nunca fue una mujer cobarde, tomó el rol heroico del verdadero educador. Sacó sanos y salvos a sus polluelos, del segundo nivel del colegio, descendiendo las gradas casi tumbadas para dirigirnos a zonas seguras. Hasta el momento no caía en la cuenta que eso había sido un terremoto, de aquellos legendarios movimientos telúricos que no permitieron grabar la historia del San Salvador de ayer, como alguna vez contó el científico estadounidense Efraim Squaier.
Colegio herido, moribundo y agonizante, su pecado: estar cimentado bajo una terrible falla geológica conocida como la Tutunichapa. Las paredes reventadas como en “X”, defensas en el suelo, y la estatua de San Ignacio de Loyola, tumbada. San Pedro , el hermano jesuita portero del colegio –muy querido y recordado por mi persona y la comunidad estudiantil del Externado-- yacía herido tras proteger a un pequeño ante el desplome de unos ladrillos de la portería –donde colgaba el cuadro del amor de sus amores, el Atletic de Bilbao--, ese acto heroico llevó a que la comunidad amara y apreciara más a ese hermano jesuita, y que cuando estaba en sí no permitió ser trasladado vía aérea a ser tratada al hospital militar, todo por tenerle miedo a las alturas.
Salí llorando desgajado, aún con el pito de mi cumpleaños, en ese momento desconcertado por el vuelco rotundo del día, que para mi era feliz. Buscaba a mis padres a quienes hacía muertos o perdidos, un pánico se apoderaba de mi, y muchos mayores me consolaban y pedían que me calmara, no sabia de mi familia, más y más me desesperaba y más y más gritaba. Hasta que derepente como regalo del Señor, el Dios que se apiada de los desesperados, vi subir esa cuesta, el Golf café de mi padre, ví a mi madre y me sentí aliviado, les abrace fuerte y lloré de alegría de verlos sanos y salvos. Unidos nos fuimos a la cancha donde todos estábamos convocados por la situación, en ese momentos habían profesores, alumnos sin padres, padres de familia buscando a sus hijos, padres e hijos unidos (como fue mi caso), un caos total, porque cada diez minutos habían réplicas, y lo peor de todo una enorme grieta se iba formando en la enorme cancha de futbol.
Mi padre al ver la magnitud del desastre y la desesperación de la juventud, pidió al padre Manuel de Santiago S.J. –quien se encontraba viendo los daños causados en la piscina semi olímpica-- convocar a la calma y le pidió orar. A lo que Santiago respondió: “No se porque a la gente le gusta rezar en estos momentos, cuando se tiene que rezar siempre para prevenir”. Al fin de tantas el Padre lanzó una oración, para suplicarle a nuestro Dios cesara la furia telúrica.
Ese día no terminó ahí, mucha historia hay por delante, este es un pequeño relato de la última generación de estudiantes del Colegio Externado de San José, la del antiguo edificio, destruido por las inclemencias del valle de las hamacas en 1986.
No hay comentarios:
Publicar un comentario