GATO AZUL
Silencio, la casa está llena de luces tenues, las lamparillas iluminan las paredes con luz debilitada, un sofá enorme de cuero de Ñú, una mesa con adornos del África, ceniceros por doquier, la sala está alfombrada con un suave espesor de 5 centímetros, tal pareciera que se caminara en el aire. Un aire frío salpica el tremendo piano Fazioli de cedro azul, callado por algunos años, solamente su propio pensamiento revela su dulce melodía.
La estructura interior de la casa es de gusto sofisticado, madera y cemento, enormes cortinas no dejan entrar la luz del bosque, a todos los miembros de la casa no les interesa que penetre la luz, pues dicen “hiere la gestación de ideas”. En una banquilla forrada con terciopelo azul, descansa en sueño profundo un gato Ruso Azul llamado Dimitri. Sueño largo, extenso, Dimitri está alejado de la realidad, es un gato considerado aristócrata y vive desde hace dos años en la mansión. Llegó de meses como regalo del gran Duque exiliado Igor Kobyla, descendiente de la línea real Romanov de Rusia.
Dimitri es alimentado con salmón ahumado y toma leche con chocolate todos los días, su cena es afanadamente preparada por una cocinera húngara de nombre Andrea Gozók.
Su belleza felina es apreciada por los habitantes de la casa, es una obra de arte caminando, pareciera revivir la elegancia de sus antepasados cuando estos se paseaban por los pasillos del palacio Pavlosk y seducían a los Romanov.
Dimitri es un gato nacido para la comodidad, sin embargo no pierde su astucia y la curiosidad propia de los felinos, muchas veces Andrea lo ejercita con una bola de lana la cual persigue rápidamente y cierto día demostró su instinto salvaje cuando devoro de un salto exagerado a Silvio Crasto, el canario del Danubio que vivía en jaula de plata y que cantaba nítidamente en notas altas.
¡Doom, Dooom! Resuena en la inmensa sala el Von Wuick Pendolo, agujas de oro, dando las doce del día, y que no parecen por el tenue color del ambiente.
Dimitri despierta, se estira y clava sus garras en la suave alfombra, no teme ante a los mitos que asocian las visitas celestes de los ancestros a la mansión, y si los ha visto, ya esta acostumbrado. Camina a la enorme cocina de manjares, maúlla tiernamente mientras su cola acaricia las suaves y blancas pantorrillas de Andrea. “Menu du jour: saumon et crevettes pâtes tomates ¿ Monsieur?” le pregunta Andrea, mientra pone el plato bañado en oro de Dimitri en el suelo. El gato solamente se abalanza a la comida y empieza a deleitarse catando el arte culinario de Andrea con su paladar refinado.
El estilo de vida de los hombres hasta en sus imprescindibles acompañantes se aprecia, nadie puede creer con la delicadeza que es tratado Dimitri y que importante es su presencia en su sociedad aristócrata, envidia de los gatos vulgares de las afueras de Wal Street.
Silencio, la casa está llena de luces tenues, las lamparillas iluminan las paredes con luz debilitada, un sofá enorme de cuero de Ñú, una mesa con adornos del África, ceniceros por doquier, la sala está alfombrada con un suave espesor de 5 centímetros, tal pareciera que se caminara en el aire. Un aire frío salpica el tremendo piano Fazioli de cedro azul, callado por algunos años, solamente su propio pensamiento revela su dulce melodía.
La estructura interior de la casa es de gusto sofisticado, madera y cemento, enormes cortinas no dejan entrar la luz del bosque, a todos los miembros de la casa no les interesa que penetre la luz, pues dicen “hiere la gestación de ideas”. En una banquilla forrada con terciopelo azul, descansa en sueño profundo un gato Ruso Azul llamado Dimitri. Sueño largo, extenso, Dimitri está alejado de la realidad, es un gato considerado aristócrata y vive desde hace dos años en la mansión. Llegó de meses como regalo del gran Duque exiliado Igor Kobyla, descendiente de la línea real Romanov de Rusia.
Dimitri es alimentado con salmón ahumado y toma leche con chocolate todos los días, su cena es afanadamente preparada por una cocinera húngara de nombre Andrea Gozók.
Su belleza felina es apreciada por los habitantes de la casa, es una obra de arte caminando, pareciera revivir la elegancia de sus antepasados cuando estos se paseaban por los pasillos del palacio Pavlosk y seducían a los Romanov.
Dimitri es un gato nacido para la comodidad, sin embargo no pierde su astucia y la curiosidad propia de los felinos, muchas veces Andrea lo ejercita con una bola de lana la cual persigue rápidamente y cierto día demostró su instinto salvaje cuando devoro de un salto exagerado a Silvio Crasto, el canario del Danubio que vivía en jaula de plata y que cantaba nítidamente en notas altas.
¡Doom, Dooom! Resuena en la inmensa sala el Von Wuick Pendolo, agujas de oro, dando las doce del día, y que no parecen por el tenue color del ambiente.
Dimitri despierta, se estira y clava sus garras en la suave alfombra, no teme ante a los mitos que asocian las visitas celestes de los ancestros a la mansión, y si los ha visto, ya esta acostumbrado. Camina a la enorme cocina de manjares, maúlla tiernamente mientras su cola acaricia las suaves y blancas pantorrillas de Andrea. “Menu du jour: saumon et crevettes pâtes tomates ¿ Monsieur?” le pregunta Andrea, mientra pone el plato bañado en oro de Dimitri en el suelo. El gato solamente se abalanza a la comida y empieza a deleitarse catando el arte culinario de Andrea con su paladar refinado.
El estilo de vida de los hombres hasta en sus imprescindibles acompañantes se aprecia, nadie puede creer con la delicadeza que es tratado Dimitri y que importante es su presencia en su sociedad aristócrata, envidia de los gatos vulgares de las afueras de Wal Street.
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