miércoles, 17 de septiembre de 2008

Matías desvelado






Matías desvelado

Un amanecer no digno de un noble, ni de la realeza criolla
Matías no ha apagado la vela de cera de abeja que a iluminado
La vieja residencia cural de La Merced,
Aquella vieja casa, de cielo alto, de madera oscura y con chillidos de murciélago,
Solamente asoma fantasmal la sombra blanca de Matías con el candelabro,
Deambulando con por los pasillos de madera, escuchando cañonazos por los cerros,
Los aullidos de los coyotes, y los gritos de la victoria,
Matías está cansado, no ha pegado un solo ojo en toda la noche, se muere de ganas de repicar.

Amanece y el viejo prócer ; aplaude los primeros rayos que destellan en el San Jacinto,
Corre descalzo sobre los charcos del patio de la casona y con grandes saltos llega al campanario.
En el estruendo de la algarabía despierta a las palomas y a una trasnochada lechuza que revolotean rápidamente asustadas.
Con todas sus fuerzas, jala y repica la pesada campana de Badajoz, la campana lo eleva tres metros al cielo y despierta en frenesí a todo San Salvador.

Modesto, el sacristán a despertado con el corazón en la mano, ‘Los bandoleros de la montaña’ pensó. Asomó a la ventana y a Matías vio.

--Hoy a despertado loco el cura ¿qué diablos pensará? Dijo en el silencio.
Asomose Modesto al ensordecedor campanario y vio colgado a Matías de la campana en movimiento.

--¡Baje de ahí, se va a golpear padre! Decía el sacristán
--¡Calla Modesto deja que la campana grite!
--¿Qué grite que?
--¡Libertad! Hombre libre.

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Carlos Francisco Imendia Guzmán

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Carlos F. Imendia, poeta.

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Epístolas de Júpiter (Poemario)

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