
Para una ciudad eminentemente católica, el regalo de que una enorme cruz en el imponente Cerro de San Jacinto ilumine las penumbras de la ciudad es algo significativamente valioso. Un enorgullecedor acto, de un anónimo pero creativo ciudadano, que ha acertado con su idea en lo más profundo del corazón cristiano capitalino. La vigilante cruz se nota en todos los puntos cardinales, la intensidad de su luz fluorescente nos ratifica el ingenio capitalino y la llama encendida de la fe.
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