sábado, 3 de mayo de 2008

ENTRE LA SELVA.

Nadie vio a Estirión sentado, con una rama en sus manos,
Únicamente unos indios que casaban monos, se dieron cuenta, porque sacudía los árboles. Despavoridos algunos papagayos sobrevolaban la fosa después de haber visto su espantosa cara, la del guardián de la selva.

Hace algunos años una avioneta de matrícula peruana, calló en medio de la selva, el fuselaje se incrustó en las copas de los árboles, y los cuerpos de los tripulantes –todos sudafricanos—quedaron despedazados en el suelo.

Estirión mandó un ejercito de hormigas mancusas ecuatorianas a devorar los cuerpos, les dio indicaciones de comer únicamente la piel, los esqueletos de los cuerpos serían guardados para los delfines-sirenas.

El grito de Estirión es un trueno, que seca las cortezas de los bálsamos, y esteriliza a los hombres, el bostezo de Estirión mata a las ranas arborícolas y les hace caer los dientes a los adolescentes, el estornudo de Estirión seca los riachuelos, y hace que las mujeres no defequen en tres días.

Por eso le temen tanto, al guardián de la selva, por eso, un equipo de National Geografic, cuando filmaba el apareamiento del colibrí púrpura del Amazonas salieron huyendo despavoridos, cuando Esturión orinó sobre ellos y sus equipos, una especie de azufre y sal picante, por eso la tribu piquí, trata de no despertar la ira de Estirión, quien se disgusta únicamente al sentir el mal olor de la axilas humanas.

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Carlos Francisco Imendia Guzmán

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Carlos F. Imendia, poeta.

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