Mi dulce patrona
El alma de Penélope, estaba hecha de vapor y azúcar, y cada vez que se enojaba llovía miel. De su piel se desprendía el perfume de la quietud, y aunque caminara por las ensangrentadas calles de Juárez, sus esencias borraban los enrojecidos recuerdos y limpiaba las manchas de los gritos.
Penélope, se bañaba en aguas de lavanda, y encendía el incienso, el olor al dondiego de noche, presumía acaparar la redonda, y alejar los ruidos y el odio de una vez por todas.
Así la noche era más noche, y sobrevenía el velo engalanado de la frescura, y los faroles se encendían en el corazón de Penélope, la patrona de la dulzura.
Quien la conocía corría el riesgo de que un dardo caramelizado le fundiera el alma en amor.
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