jueves, 7 de mayo de 2009

De noche en el palacio

De Noche en el palacio

La cita en el Corazón de San Salvador,
Revivieron las engalanadas verbenas de antaño,
Que por un efímero momento,
Sucumbieron el salvajismo y la brutalidad del centro,
Que hoy lo domina una legión anárquica.

El teatro pareció despertar de su hibernación,
Ante los aplausos y las luces palpitantes
De las arañas,
Ante la pintura que suspiró Cañas,
Que sin vértigo,
Moró un tiempo en la cúpula.

Y luego, salimos a caminar, en tranquila calma,
Acompañados de una marcha presidencial,
Los instrumentos parecían provenir,
Del añejo recuerdo, de las pérgolas y los kioscos
Floridos del Bolívar de Ambrogi y Aberle.


Llegamos a la Catedral terminada,
Y el Alcalde entregó su vara edilicia,
A la perfecta escultura de nuestro Salvador,
La que esculpió con profundo patriotismo,
Silvestre García, en los barrios viejos de la Merced.

Y entraba la noche, con sus misterios y sorpresas,
El Palacio, nos esperaba con sus puertas abiertas,
Y con enorme esfuerzo de ancianidad,
El mismo que ha presenciado,
Terremotos, estampidas, y que vio tendido,
Ensangrentado a Manuel Enrique Araujo,
En el fatal magnicidio,
Por una rabieta de indios que fueron segados por su salvajismo.

El palacio iluminado,
Ambientado al siglo nuevo,
Quien antes era rodeado de exclusivos barrios,
Hoy lo cobijan las excretas de los irrespetuosos.
Pero siempre imponente y majestuoso.

El palacio si fuera humano fuera gran persona,
Llena de carisma,
Pues posee la perfecta personalidad,
Bello por fuera y bello por dentro,
Muy a parte de los suculentos bocadillos de la recepción,
Y del vino blanco que bailaba en las copas de cristal,
Era más que suficiente y encantador para el estómago,
Digerir las bellezas antiguas del palacio, en su coloso
Patio interior,

Dos araucarias nacieron en su interior,
Dos árboles nobles que filtran la brisa,
Y perfuman con frescura los grandes pasillos,
Que en ese momento revivieron de glamour.

Y más inoportunos no pudieron ser,
Aquellos murciélagos que sobrevolaban,
La algarabía de las voces, los perfumes,
Los sonidos y las risas de lo inusual.

No puedo dejar de referirme con respeto,
A Las miradas y la convulsión histórica
Del Salón Rojo,
Mientras en mi piel sobresaltan las sensaciones,
Ante los rostros que construyeron mi país,
Y la bautizaron república, esas caras congeladas
Pero latentes,
Los ex presidentes,
Araujo, Figueroa, Campo

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Carlos Francisco Imendia Guzmán

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Carlos F. Imendia, poeta.

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