lunes, 16 de marzo de 2009

Platica de café

Platica de café

Los ingleses creyeron que trayendo en finas tasas te verde de Sri Lanka, asesinarían la pasión por el café, creo que se equivocaron con esa idea.

El te era un elixir para los paladares refinados creados en la superficie de la falsedad del Imperio Británico, los que no podían aguantar la rusticidad del café.

La reina Victoria se emborrachaba de te, con sus congéneres los celtas, por las tardes.
En las frías dimensiones de los palacios, donde el humo del opio dibujaba aros inmensos.

Los ingleses no se atrevían a temblar con el café fuerte, era obstinado pensar en una sobredosis o en un transe atrevido por una simple tasa.

Prefirieron acostumbrarse a congregarse por las tardes sentados en medio del reloj vespertino, a coser hojas y beber de sus aguas.

La naturaleza creo un vicio natural, el café arábigo, que nacía tras las pisadas de los reyes etíopes, en las montañas gigantescas del África y que los árabes trasegaban a sus desiertos en costosas travesías, hasta llegar a Europa y crear una tradición en los mosaicos de la Alambra Ibérica.

Ahí hostigaban con tasas hirvientes las vigilias de sus noches.

Hasta imponer la fuerte tradición sobre los conquistados nunca ser independientes del esclavizado aroma.
Surgió la idea --siglos después-- de trasladar el grano preciado en galeones a las Indias colonizadas,
El grano fue derramado por los europeos en tierras buenas y luego congració con las montañas heladas del nuevo mundo.

Un General, más bien un Capitán General, de voz fuerte y sangre pesada, soñaba ver sus montañitas cundidas de arbustos, los que desangraban granos en noviembre.

El General de cabellos de oro y trajes imponentes de laureles, Gerardo su nombre, llevó a San Miguel una plantita, la joya del vicio de las mañanas, un cafeto.

Nunca imaginaría el capitán General, cuanta riqueza llegaría a generar dicha plantita, también hostilidad, la consecuencia de la introducción.

De sus verdes ramitas delimitaría haciendas y separaciones sociales; haría gritar cañones y volar balazos, construiría pretextos en los charcos de la sedición.

Al final de cuentas, el desvelo del capitán General terminaba servido en una humeante seducción por las mañanas lencas, cocida en una profunda olla de barro.

Ya fuera en tasa fina de terrateniente o en morro de Chapeltique,
Acompañada de galletitas danesas o remojada en tortillas tiesas,
En tertulia poética en algún club de San Salvador,
O bajo la sombra de unos conacastes acurrucados en San Luis de Moscoso, de una manera incomoda.

Las pláticas del café no comprenden los limites de la sangre. Ni la rabia de los interiores.








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Carlos Francisco Imendia Guzmán

Carlos Francisco Imendia Guzmán
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Carlos F. Imendia, poeta.

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Escritas en San Salvador, El Salvador

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