Río Dulce
Concordamos con muchas almas, que ese viaje a Rio Dulce es tan excitante como lo fue en sus anales.
La inmensidad de un Río Histórico que en ciencias hídricas y geográficas es un Lago, el Izabal, solo se puede contemplar teniéndolo presente en materia viva.
La otrora puerta líquida de Las Indias. Salvajismo de verdor virgen, de mágicos celajes y profundos ocasos.
Ahí zarpe en lancha alegre hacia San Felipe, el fuerte español aún vivo.
Inimaginable hasta que estas frente a él, con su puente levadizo sacado de la herencia medieval de Segovia. Ahí frente al trópico atlántico el soñado en mis fantasías, bajo las palmeras y los ecos disecados de los frailes españoles, junto a la brisa que se recibe mejor en lino blanco.
¡Cuantos bucaneros clavaban sus ojos desde la otra orilla!, aquellos franceses e ingleses de patas de palo y escorbuto agravado. Las sedientas almas de los macacos mal habidos. Ahí entre los mangles de Izabal, contemplando manatíes y tertuliando con las zancudas.
Recorro el Río de aguas tibias que salpican el espíritu, halla atrás la amenazante tormenta atlántica dándonos tiempo para recorrer la serpenteante postura de los mil años.
Ahí va la maquina con nuestras almas, a estrellarse al atlántico inmenso, el hermano inseparable de América Central, hoy sus turbias aguas nos reciben para mostrarnos la joya negra escondida de Guatemala, Livingston.
Que tarde más suave, frente al atlántico, inmersos en la aldea negra de Livingston con los incomparables sabores de la langosta belizeña y los sonidos invisibles de la armonía rastafari en el ambiente de coco y ondas de regaee.
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